La 2, para una inmensa minoría

Monday, April 10, 2006

"Contar una historia que llegue al corazón, no al estómago"


Como ya habrán recogido a la perfección el resto de mis compañeros en sus respectivos blogs, los pasados días 4 y 5 de Abril se celebró el "III seminario internacional de reporteros de guerra" que contó con la presencia de afamados reporteros y periodistas de medios muy diversos (El programa lo recoge el blog oficial del evento).
Supongo que el contínuo control de firmas y la posterior publicación de este artículo debe demostrar con creces mi presencia allí. El acreditativo "diploma" certifica, además, mi estoica permanencia que, como el resto de mis compañeros, resultó ser en algunos momentos obviamente obligada. Sea como fuere, resultó fructífero para todos, sobre todo para el prestigio del evento (permitidme cuestionar tan multitudinaria asistencia. ¿Pudo deberse a la práctica o es solo una conjetura fruto de la falta de aire acondicionado aquellos días?).
A nivel anecdótico diré que incluso, en un momento puntual de la ponencia de Pedro Pulgar en el que la atención generalizada se disipó gracias, en gran parte, a su monotonía discursiva y a la franja horaria en la que se producía ésta (17:00h-->plena digestión), me vi despojada de mi libertad de atención y sometida, con otros compañeros de la fila, a una espontánea interrogación llevada a cabo por una señora obviamente indignada con el hecho de que mis párpados empezaran a acercarse peligrosamente. En una décima de segundo se rompió el íntimo ambiente que el paraninfo ofrecía y fui bombardeada por aquella persona, a la que con facilidad me imaginaba con casco y bazoka, con preguntas alusivas a los recientes comentarios que en ese momento hacía el ponente. Pensé por un momento que me encontraba de nuevo en el colegio y que esa falta de atención a la máxima representación de autoridad bien me iba a costar un negativo (¡qué tiempos aquellos!). Le contesté con el mayor respeto: "Me he despistado, señora, disculpe". Desde que mi cerebro procesó el enunciado era consciente de la ofensiva respuesta que estaba a punto de recibir. Pero la suerte quiso que mi compañera contigua me librara de esa vergüenza y contestó a sus impertinentes, asediantes, inoportunas, inservibles y desde luego incómodas preguntas. De pronto vi como se recomponían los músculos de su cara y salía del estado de posesión diabólica en el que se encontraba para intentar esbozar una pretensión de sonrisa y agradecer a mi compañera su atención. El hecho de que por unos segundos temiera por mi vida por el simple hecho de desatender a aquel hombre me hizo reflexionar: Si bien Pedro Pulgar se merece todo mi respeto y admiración (como cualquiera que tenga algo que decir por la vía del diálogo), esa mujer había despertado en mi una sensación ya olvidada de resignación que me dejó (y a esta parte si que le atribuyo mi desinterés) absorta por el resto de la conferencia recordando imágenes mentales del rey, ministros, presidentes de gobierno y eruditos a las puertas de la fase profunda del sueño en eventos de renombre, imágenes que todos hemos visto en televisión. Entonces situé a esa mujer, con su traje violeta y su cardado de peluquería en todas aquellas situaciones, atacando con su lengua venenosa al mismísimo rey...no pude por más que reirme.
Perdonadme la concesión de la anécdota. Vuelvo a remitirme al evento destacando, si me lo permiten, la soberbia demostración de elocuencia que hizo Ramón Lobo, siendo capaz de atribuirse más de 400 miradas. Habló de lesbianas suecas, de presupuestos infrahumanos y del olor a muerte, de contar una historia en medio de una guerra. Transmitía la experiencia que le avala pero también fue capaz de llevarnos por un viaje a lo largo de su extensa carrera periodística desde sus inicios más vulnerables hasta el nombre que hoy lleva a las espaldas. Relataba con precisión gráfica la estampa de los balcanes y repetía desaforado la importancia de no apagar nunca el radar. La noticia está en cualquier elemento que nos rodea y podemos perderla si concentramos nuestros esfuerzos solo en un hecho. Es necesario adquirir la dimensión de la noticia y ahondar en ella para obtener una verdadera historia y no una noticia más (pienso que también hace falta una sensibilidad especial que no todo el mundo tiene, pero no quiero desanimarme antes de empezar). En contraposición a su capacidad lingüística sus indiferentes respuestas a los asistentes en el turno de preguntas. En mi muy personal opinión, una excesiva distancia de lo que él era hace un par de décadas. Un evidente desinterés por las inquietudes de los alumnos que preguntaron alentados por sus palabras y decepcionados, creo, con sus ácidas e ingeniosas pero poco esperanzadoras respuestas.
Por la situación que vivió y por qué no decirlo, un sentimiento de identificación quisiera también hacer alusión a Mercedes Gallego y a su emotivo discurso sobre su experiencia personal en Iraq. Centrando su
ponencia en el sufrimiento de la mujer iraquí y las soldados norteamericanas bajo la opresión de los soldados y sus propias familias consiguió sobrecoger al público allí reunido. Reivindica desde su posición en el grup0 Vocento un trato de respeto e igualdad para la mujer (contó con lujo de detalles lo que sus propios ojos vieron y como las mujeres eran muchas veces víctimas de vejaciones sin nombre). Debido al más que sabido conflicto de intereses que sufren los medios de comunicación su artículo no es publicado y meses después escribe un libro narrando las barbaridades acontecidas esos meses. No consigue la repercusión que esperaba, aunque una lista de más de 100 denuncias de soldados mujeres estadounidenses hacen saltar la alarma con las consecuentes y demagogas rectificaciones del pentágono y una firme promesa de rectificación (aludía al hecho de que si las denuncias ascendían a más de 100, la cifra real podría perfectamente situarse en torno a las 3000). Un nuevo caso de violación de los derechos humanos silenciado con poder, escudado bajo una bandera ondeante a la que se le empiezan a apagar las estrellas.
Como asistente al seminario debo acentuar que la emotividad del discurso de Mercedes Gallego, la sinceridad de sus palabras, fruto de la amistad que le unía a Julio A. Parrado, y la emoción contenida de una madre que no quiere olvidar a su hijo se vió manchada con un barato espectáculo de placa y alcalde, acompañado de una incompetente actuación de un responsable del Ayuntamiento que, por su inexperiencia pública e incapacidad verbal, hizo de un momento sincero una gala benéfica.
El resto de ponentes bien merecen otro artículo aparte. Cada uno de ellos aportó con su experiencia un alentador testimonio que dejó huella entre los presentes y atestigüó que el periodismo sigue vivo. Pero por la evidente falta de espacio físico y temporal he decidido señalar sólo a los citados en este artículo.
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